Domingo IV de Adviento. Ciclo A. (19/12/2010)


MONICIÓN DE ENTRADA

Os deseamos la más cordial alegre bienvenida a la Eucaristía del IV Domingo de Adviento. Es ya el último de este tiempo de espera y esperanza. Pero todavía quedan unos días… En la noche del viernes iniciaremos la Nochebuena y el próximo sábado ya es Navidad. Debemos tener el ánimo bien abierto a la gran realidad que nos llega: Dios se hace Niño para salvarnos. Hemos encendido la cuarta vela de Adviento –que es también la última—con la esperanza de que estas cuatro luces prendidas nos abran a la conversión de nuestros corazones, pues ya falta poco tiempo para la venida del Señor. Hoy, además, tenemos un protagonista muy especial: a José, a nuestro San José. Y veremos como un ángel borró toda su inquietud y él supo, que gracias a su esposa, María, iba a ser padre adoptivo de un Niño que era Dios. Y Salvador del mundo. Gran día, hoy, para todos nosotros. Iniciemos felices, alegres y esperanzados nuestra Eucaristía.

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 1, 18-24.

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: 
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. 
José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. 
Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: 
-«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.» 
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa "Dios-con-nosotros".»  
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer. 

Comentario al Evangelio del Domingo.

El cuarto domingo de Adviento es el último aviso para que preparemos bien la venida del Señor. Lo hacemos de la mano de María, la que Dios mismo preparó, la que mejor esperó, madre de la esperanza. Por la fe, sabemos que Cristo vive y que se hace presente de forma oculta también hoy. Por la esperanza, aguardamos la venida gloriosa del Señor al final de los tiempos. Por eso, podemos decir que el relato del nacimiento de Jesús no nos describe sólo una situación pasada. “El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera.” Esta frase es una indicación de cómo Jesús sigue haciéndose presente en nuestro mundo hasta su manifestación final.

En primer lugar, la venida del Señor es gratuita, inmerecida: la Virgen concibe por el Espíritu Santo. Esto es una “señal” que Dios nos da “por su cuenta” (Isaías). Esta señal significa que Dios está verdaderamente “con nosotros”. Cuando muchos ven en Dios una figura que va “contra” el hombre, nosotros afirmamos que Dios nos toma en serio, asume nuestras alegrías y anhelos, consuela nuestras penas, sana nuestros temores, repara nuestras caídas y fracasos, ensancha nuestras miras estrechas y egoístas… De este modo, llena nuestras vidas de sentido, abriéndolas a un horizonte de plenitud. El Señor que viene es, realmente, Dios Salvador, “Jesús”. El niño que nació en Belén viene, pues, a salvarnos. Para participar de la alegría de esta presencia basta una cosa: reconocer que le necesitamos.

Por otra parte, la llegada del Señor no pudo acontecer sin el consentimiento de María. Que Cristo nazca del seno de la Virgen sitúa a la humanidad en la misma dinámica de acogida que ella inició. El primero en esta nueva dinámica fue José, su esposo. Como él, todos debemos “llevarnos a María a casa”; esto es, hacer nuestra su misma apertura a la gracia, por la cual el Verbo de Dios pudo entrar en la historia de los hombres. José hizo suyo el “sí” de María, aceptando la responsabilidad de educar a Jesús.

También nosotros secundamos el “sí” de María si dejamos a Cristo crecer en nosotros, haciéndolo visible en el mundo como miembros de su Cuerpo, la Iglesia. El mundo sigue de parto (cf. Rm 8,22-23; Gal 4,19). Feliz Natividad.

Francisco Castro Pérez, sacerdote
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