La luz de la verdad cambia el mundo, no las ideologías

No es la violenta revolución que cambia al mundo, sino la silenciosa luz de la verdad, signo de la presencia de Dios, que nos da la certeza que somos amados y no somos el producto de un azar sino de una voluntad de amor”. 
Lo dijo el Papa esta mañana celebrando la misa del III Domingo del Adviento en la parroquia romana de San Maximiliano María Kolbe en Prato Fiorito, en la vía Prenestina. Una parroquia de la periferia como muchas de las diez hasta ahora visitadas por Benedicto XVI en su pontificado, con una iglesia nueva, dedicada en abril del 2009 al santo franciscano polaco, mártir en el campo de concentración de Auschwitz. Un santo que es una luz, como el Padre Mariano de Veuster y la Madre Teresa de Calculta, en el camino de luz llevado por Cristo en el mundo, no con el poder sino con la fuerza de la humildad y del amor. En los últimos dos o tres siglos, explicó el Papa comentando el evangelio de Mateo y la pregunta de Juan el Bautista a Jesús, “¿eres tú quien debía venir o tenemos que esperar a otro?”, han venido tantos profetas, ideólogos, dictadores, que ha dicho “¡no es él! no ha cambiado el mundo” y que han creado sus totalitarismos que han cambiado el mundo de manera destructiva, y al final lo que ha quedado es un gran vacío y destrucción. 
En una parroquia con muchas familias venidas de la Italia central y meridional, así como del este europeo e incluso de la China, Benedicto XVI ha invitado a los fieles a crecer cada vez más en la comunión con todos, porque “es importante crear ocasiones de diálogo y favorecer la recíproca comprensión entre las personas provenientes de culturas, modelos de vida y condiciones sociales diferentes”.


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