La tejedora de lazos indestructibles

¿Alguna vez has visto a alguien tejiendo?
Para tejer la lana se utilizan agujas que van entrelazando el hilo, de modo que con cada punto
se forma el eslabón de una cadena. La “cadena” crece y crece, y de repente se convierte en un bonito jersey.

Hace unos doscientos años, había una joven francesa muy rica y bastante vanidosa, a quien solo le importaban los vestidos bonitos y ser la más guapa en todas las fiestas.
Se llamaba Paulina Jaricot.

Un buen día, escuchando a un sacerdote, Paulina se dio cuenta de que a Dios no le gustaba que fuera tan orgullosa ni que estuviera todo el día mirándose el ombligo. Poco a poco, empezó a pensar menos en sí misma y a estar más atenta a las necesidades de los otros. Llegó a interesarse tanto por los demás que acabó cuidando a  “todo el mundo”.

Paulina tenía un hermano, Fileas, que quería ser sacerdote e irse como misionero a China. Ella también quería ayudar a las misiones, y Fileas la animó a pensar cuál podía ser la mejor forma.
Se le ocurrió hacer una “cadena de personas” para rezar y ayudar. Empezó formando grupos de 10 amigas a las que pidió que rezaran cada día por las misiones y dieran un centavo a la semana para los
misioneros. Cada una de ellas formaría otro grupo de diez y haría lo mismo.

Muchas personas se unieron y los grupos llegaron a tener hasta 100 y 1.000 miembros.
Esta idea se extendió por toda Francia y Europa. La “cadena” de solidaridad se hizo tan grande (imagínate un jersey gigante), que, con el tiempo, el Papa la adoptó para toda la Iglesia. Hoy se llama: Obra de la Propagación de la Fe, y es la que organiza el Domund. Con ella, gente de todo el mundo, encabezados por el Papa, mantiene esta cadena indestructible y sigue haciendo realidad la idea de Paulina para rezar y ayudar a los misioneros de los lugares más remotos.


Fuente: Revista Gesto.

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