domingo 3ºordinario



'Aquí estoy, ¡oh Señor!, para hacer tu voluntad". Estas palabras del Salmo responsorial nos dan pie para meditar sobre el sentido de la vida de Cristo, y también de la nuestra. La Iglesia las pone a nuestra consideración en este domingo. Hace una semana inaugurábamos la vida pública de Nuestro Señor con su Bautismo.

Hoy, el Salmo, sintetiza en pocas palabras el sentido de la entera vida de Jesucristo. Desde el Bautismo hasta la Cruz, Jesús tuvo un único "norte" en su vida: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado". La Iglesia lo recuerda hoy. Probablemente lo hemos meditado otras veces, por ejemplo en la Semana Santa, cuando consideramos la Oración de Jesús en el Huerto de los olivos y aquella petición filial y tremenda: "Padre, pase de mí este cáliz.., pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú". Esa ocasión fue un momento supremo: el punto álgido de la vida de Cristo. Pero hoy no nos fijamos en ese tiempo excepcional. La mirada de hoy viene orientada por la Liturgia hacia momentos más normales de la vida. En el caso de Jesús, en el ir y venir de cada día, de acá para allá, predicando, curando enfermos, comiendo y durmiendo donde podía.
Nuestra vida también está llena de idas y venidas, de circunstancias gozosas y dolorosas. Y al igual que la de Jesús, debe estar llena del deseo de hacer la Voluntad de Dios. No un deseo genérico, para el conjunto de la vida; sino un querer concreto por hacer hoy lo que Dios quiere que hagamos hoy. Esto es lo más difícil. El deseo genérico, siendo bueno es insuficiente. La vida se nos complica cada día: el trabajo, los imprevistos, los defectos humanos -propios y ajenos-, la llenan de momentos turbulentos, no siempre fáciles de entender y de asumir.
Son los momentos en que debe brillar nuestro deseo de hacer ante todo la voluntad de Dios. Una voluntad que, por lo general, se manifiesta precisamente en esas circunstancias que debemos aceptar como muestra de la voluntad de Dios.
Como hemos repetido alguna vez, Dios nunca nos envía el mal. El mal nace del corazón torcido de los hombres o de las circunstancias naturales tan complicadas de por sí.
Pero si advienen esas dificultades -por la razón que sea- y aprendemos a ver en ellas una manifestación de la voluntad permisiva de Dios, convertiremos nuestra vida diaria en un itinerario de salvación. Así lo hizo Jesucristo y consiguió convertir, sus dolores, en camino de salvación para la humanidad.
Por ello, nuestro amor a la voluntad de Dios puede colaborar, con nuestro sufrimiento temporal, a la salvación eterna que conquistó Jesucristo. Él es el Redentor, pero nosotros podemos ser "corredentores" en pequeña medida. En la medida que amemos, como Él, la Voluntad del Padre de los cielos.
PALABRA—Manuel Ordeig

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