Parece lo menos apropiado, tras la confesión de su divinidad. Pero así debió de ocurrir, porque Pedro
-el mismo que había confesado que era Dios- intenta disuadirle de semejante futuro, y recibe una reprimenda de primer orden por parte de Jesús: «¡Quítate de mi vista, satanás, que me eres tropiezo..!".En tantas ocasiones, los planes de Dios no coinciden con los puntos de vista humanos. Los hombres buscamos ansiosamente la felicidad terrena y Dios tiene miras más elevadas y eternas. Por eso, para enderezar los pensamientos humanos hacia derroteros más acertados, el Señor enuncia unos criterios fundamentales para encontrar la felicidad verdadera: "El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga"; "si uno quiere salvar su vida, la perderá,- pero el que la pierda por mí, la encontrara".
Es inútil esforzarse en entenderlo con argumentos humanos. Sólo desde la fe, y una fe viva, puede el hombre hacerse cargo de que esas palabras suponen una "invitación": la invitación a una felicidad que no es de este mundo, sino participación en la vida bienaventurada y eterna de Dios mismo.
Por supuesto, el hombre puede creer y seguir a Jesucristo, o no: para eso es libre. Pero quien va buscando solo su satisfacción personal y egoísta, no deberá quejarse, luego, del resultado. Ya en esta vida terrena se comprueba que la felicidad no depende demasiado de riquezas y bienes.
"Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado" (sanjosemaría, Surco 795). Y el amor -el verdadero amor- siempre es generoso; conduce a gastar la vida por los demás. Exactamente como decía Jesús a los Apóstoles.
El dolor que supone compartir las penas del prójimo; el desgaste del trabajo diario para sacar adelante una familia; la paciencia con los defectos ajenos, que hace más amable la sociedad; el control del propio genio (mejor, del mal genio); no juzgar a los demás si no hay necesidad; y tantos otros sacrificios que se acumulan en la vida.., nunca son cosa inútil: nos van haciendo morir a nosotros mismos y, en esa medida, nacer a la vida eterna
El pasaje del Evangelio concluye con la promesa de Jesucristo, que vendrá como juez "y pagará a cada uno según su conducta". Nos conviene mucho no olvidarlo y, por desgracia, nos olvidamos bastante de ello. Aun así: siempre estamos en condiciones de recomenzar, y aprender a buscar el sacrificio personal -una vez más- con el fin de facilitar la vida a los demás.
PALABRA
Manuel Ordeig
Descargar Domingo 22 Tiempo Ordinario A