Una experiencia misionera en Zimbabue

Cuando me presento, siempre digo que soy el P. Antonio M. Ávila y que son misionero. Acto seguido me preguntan dónde estoy, y suelo aclarar que soy “el que se quedó”. A los que se prepararon conmigo como misioneros los mandaron a Chile, a Kenia y a Zimbabue, mientras que a mí me dejaron aquí en Europa. Siempre pensamos en los misioneros de países lejanos, pero no caemos en la cuenta de que también los hay entre nosotros. Hace unos años, hablaron conmigo para mandarme a Zimbabue y le hice la ilusión, empecé a estudiar un poco más de idiomas… pero acabaron mandando a otro.

El pasado verano organizaron una experiencia misionera para un grupo de jóvenes, pero a última hora, se quedaron sin acompañante y me pidieron a mí que fuera con ellos. Cuando me dijeron que era en Zimbabue me sentí extraño: el que nos recibió era precisamente a quien mandaron en mi lugar … por poco no era yo el que estaba allí recibiéndolos. Solo nos dieron visado par un mes, la visita sería corta en el tiempo, pero reconozco que de gran intensidad. Estuvimos en dos lugares distintos. Primero en una zona rural, viviendo con los misioneros, y luego en una pequeña ciudad, viviendo en una de sus casas, con una familia.

A los pocos días de volver de África pasé por la iglesia de Sangenjo, donde había una exposición de fotografías antiguas. Me resultó muy curioso descubrir como reconocía  a algunas personas por el parecido con sus hijos o nietos, pero también me llamaron la atención algunas que hablaba de actividades dedicadas a las misiones, con fotos de niños vestidos con ropas de otras culturas… Se ve que no había el dinero ni los medios de hoy en día, pero tenían una preocupación por los que estaban peor. Curiosonamente es lo mismo que he encontrado en Zimbabue, donde al poco de llegar estuve en un encuentro de la Infancia Misionera en la que los niños de allí buscaba ayudar a otros que están peor que ellos … Os voy a contar un poco sobre la experiencia que tuve entre ellos y lo que me enseñaron.

Cuando aterrizamos nos recogieron y nos llevaron al lugar donde estaríamos los primeros diez días. Entre el cansancio del viaje y la distancia apenas caí en la cuenta de nada. Entusiasmado con el paisaje y con los monos que se veían desde el coche no me fijé en mucho más. Todo el tiempo mirando por la ventanilla soñando con ver un león, un elefante o un rinoceronte… que no vi en todo el tiempo.

Al llegar al destino dimos un pequeño paseo y ahí es donde caí en la cuenta de que había llegado a un mundo distinto: el pueblo en sí no eran más que algunas tiendas en un cruce de caminos. Apenas había casas. La población está muy dispersa y más que pueblos hay lugares de encuentro. Allí había un colegio, un ambulatorio, una oficina de policía y poco más. Las familias no vivían en casas como las nuestras, con varias habitaciones. Cada familia tiene varias cabañas circulares con distintas funciones: la cocina, una habitación, el almacén… Las más antiguas son de palo y barro con el techo de paja. Las más nuevas son hechas con ladrillos. Como no era el tiempo de las lluvias las familias no usaban las casas, sino que hacían fuego en el espacio que había entre ellas. Allí corrían algunas gallinas, una multitud de niños y algún perro tan flaco que dudo que hubieran tenido siquiera un hueso para roer.


D. Antonio Ávila Gómez

+ Sacerdote Cleretiano, Misionero de Sevilla

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